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  NÚMERO 2 \ ACTUALIDAD
 

ELVIRA LINDO. LA ISLA DEL TESORO.

Escritora. Premio Nacional de Literatura Infantil.

La primera biblioteca fue en Palma de Mallorca, en el colegio Sagrado Corazón. Biblioteca con grandes ventanales que miraban a un montecillo que estaba coronado por el castillo de Bellver. Creo que era así, pero tal vez mi memoria lo cambia y los ventanales estaban en el aula y no era el castillo lo que veíamos desde las mesas largas de la biblioteca sino el otro edificio más antiguo del colegio al que se accedía por un precioso camino de palmeras. El resultado es que mi memoria hace un collage con los elementos que más me impresionaban de aquel paisaje escolar que tanto quise y que tanta admiración causaba a la niña recién llegada de la meseta castellana, que aprendió (seguro que aprendí) a distinguir los rojos hirientes del cielo en los atardeceres de la meseta y aquellos otros melosos del Mediterráneo que traían casi todo el año la promesa de la primavera y el olor salino y frutal.

El goce íntimo de estar en la biblioteca era que uno podía perderse en no sé qué pensamientos y dejar la mirada fija en la ventana. No sé qué tipo de sueños tendría entonces pero recuerdo pasar largos ratos así, sin hacer nada, levantando los ojos del libro sin darme cuenta apenas de que había dejado de leer y mirar como miran los niños por el paisaje, como si fueran a echar a volar o como si ya estuvieran volando. No sería extraño que yo tuviera ese anhelo porque aquel fue el año en que yo me leí prácticamente todos los libros de la editorial Moguer, y entre ellos se encontraba ese clásico de la literatura alemana, “Zapatos de fuego, sandalias de viento”, que sembró en mí la idea de que en algún momento de la vida uno debía pertrecharse de buenos zapatos, mochila y víveres para recorrer mundo a pie y volver a casa con la sabiduría que sólo pueden darnos los caminos y las gentes desconocidas, y también “Las fantásticas aventuras de Alarico” en la que el niño protagonista, gracias a un libro de viejas fórmulas mágicas de su abuelo, consigue escaparse y volar sobre un bosque alumbrado sólo por la luna. Hubo tantos libros, que no consigo acordarme de los títulos pero tengo el convencimiento de que éstos, en aquel momento, trastornaron aún más mi ya de por sí proclive temperamento a las ideas fantasiosas.

Levantaba la mirada del libro y me perdía en un mundo que estaba más allá de los pequeños olivos que rodeaban el colegio. Al rato regresaba de mi viaje y volvía al libro. Para mí era el lugar perfecto, el paraíso, porque aunque en aquel cuarto había que guardar silencio, no estaba regido por las reglas de atención de las aulas y uno podía embobarse, dirigir la mirada allá donde quisiera, incluso dormirse un rato sobre la mesa, con el sueño fácil de los niños y su manera gatuna de acurrucarse en cualquier sitio, por incómodo que sea. Con los años puedo verme desde fuera, con el babi a rayas, las coletas tiesas que me hacía mi madre tirando para atrás el pelo, y las manos, pequeñas y cuadradas, abriendo el libro. Veo a las otras niñas sentadas a mi lado, idénticas a mí, aunque yo entonces las viera tan diferentes, con las coletas y una parte del flequillo viniendo sobre la frente, conteniendo la risa, mandándonos mensajes escritos en papelillos, dando y recibiendo codazos, patadas por debajo de la mesa, y todo ello con el cuidado de no hacer casi ruido, sólo ese ligero murmullo que se confundía con las respiraciones. Entre todos esos jugueteos secretos, censurados cuando subían de tono por la bibliotecaria que nos chistaba desde su mesa, se encontraba el tiempo de lectura. Las historias que iba devorando nuestra vocación lectora, no compartida ni mucho menos por todas las niñas. Uno pertenecía a la secta de los niños lectores, ese grupo no muy numeroso que encontrabas en tu clase y que se intercambiaba información sobre los libros nuevos que iban llegando, muchos de ellos eran los libros de series que tanto nos gustaban y a los que jugábamos luego en el recreo o con los que soñábamos. Los niños lectores, en este caso concreto, las niñas, que visitaban la biblioteca por decisión propia sabían que el raro gusto por la lectura, por ese ensimismamiento en mundo ajenos, no gozaba de gran popularidad entre las demás, como ocurría con los deportes o con las notas o con todas aquellas habilidades que pudieran ser exhibidas en los festivales de final de curso; tampoco aquellos eran tiempos en que se hablara del beneficio de la lectura ni que se animara especialmente a ella fuera de los libros del ámbito escolar, así que el niño que tomaba el camino de la biblioteca era, de alguna manera, tremendamente dueño de sí mismo, independiente, libre de la necesidad de ser recompensado y aficionado a los juegos solitarios.

Mi afición por las bibliotecas escolares empezó como digo a los nueve. En realidad, podría haber empezado antes pero nunca había tenido una cerca porque la mayor parte de mi vida lectora había transcurrido en un poblado en mitad del campo (esa es otra histomontaje ria). Antes de la biblioteca yo leía muchísimo, era una gran lectora, si se puede llamar “gran lectora” a una criatura que repite una y otra vez el mismo libro. Los Reyes nos traían un libro y en mi cumpleaños me regalaban uno o dos más, y con esta humilde cantidad yo tiraba todo un año, hasta que llegaban los de Oriente y añadían uno más a mi estante. Nunca se me hubiera ocurrido quejarme. Mi relación con mis cuentos era casi como la relación con mis muñecos, jugaba siempre con los mismos. Anterior a mi descubrimiento de la biblioteca fue la lectura de “Mujercitas” y de “Corazón”, que deben haber sido los libros que he leído más veces en mi vida. Los dos me abrieron los ojos a una variedad de personajes que yo desconocía, pero en especial “Mujercitas” introdujo en mi relación con la lectura una sorprendente novedad: los libros que yo sabía casi de memoria, los libros interminables, esos que uno terminaba y volvía a empezar sin acusar el cansancio por una historia tantas veces repetida, habían sido inventados por alguien. Creo que no ha habido libro, al menos en el mundo infantil de las niñas, que haya generado más vocaciones literarias.


La primera biblioteca. La de Palma. Un colegio nuevo de techos grandes, madera, molduras, puertas antiguas. Mis ojos fueron recibiendo esas novedades con miedo y timidez. Recuerdo haber sido consciente y sensible a ese entorno inmenso que yo percibía como más valioso y que me hacía más pequeña aún de lo que era. Me parecía elegante y misterioso. Andaba sobre baldosas antiguas y gastadas por los pasos de tantas criaturas y llegaba a esa sala que era la biblioteca. La idea de que todos los libros estuvieran a tu alcance era completamente novedosa para mí. Me sentía terriblemente importante cuando estampaban un sello con la fecha sobre la primera página: era mi fecha, la fecha que me señalaba como única entre todos los lectores de aquel libro. La emoción indescriptible de poder meterlo en la cartera y llevártelo a casa durante unos días, dormir con él, tenerlo en la mesilla, saber que otras niñas andaban detrás de él pero tú te habías adelantado y lo habías conseguido antes. En el mundo infantil, inevitablemente, se establecen competencias, y en la secta de los niños lectores, en principio tan ajenos a la competitividad, se acababan estableciendo récords: quién conseguía antes un libro, quién lo había leído antes, quién había descubierto uno en el que nadie había reparado hasta que tú lo habías puesto en circulación. Misterioso el mundo de las recomendaciones infantiles. Un mundo generado por esos aprendices de ratones de biblioteca que acuden a montones cuando el más audaz descubre un pequeño manjar escondido. No hay nadie más insaciable que el niño lector y cuando ese niño descubre que el universo de los libros es ilimitado sueña con acabar un buen día con todos los libros del estante para aspirar a otra biblioteca más grande.

Así fue. Acabé con ellos. Acabé con la pequeña biblioteca al tiempo que acabaron nuestros años en la isla. Fue para mí la isla del tesoro. El lugar en el que descubrí lo que sería mi entretenimiento, mi vicio, mi consuelo, y donde se forjó lo que sería muchos años más tarde mi modo de vida. De ahí pasé a Madrid, a una biblioteca de barrio, que también está en mi memoria como uno de mis recuerdos más queridos. Pero en la afición a esa biblioteca intervinieron otras tentaciones. Las lógicas de la adolescencia. Por eso creo que podría asegurar que esos años de mi primera biblioteca escolar fueron los más significativos de mi vida lectora: leía, soñaba, miraba por la ventana. Me pregunto ahora, en qué estaría yo pensando.

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